sábado, 28 de septiembre de 2013

La bella y la bestia [enésima versión] #13: Natalia Medvedeva

Suele comentarse que la new wave nació cuando los punks aprendieron a tocar los instrumentos. Es obvio que tal afirmación resulta tremendamente reduccionista, pero al mismo tiempo tiene la virtud de condensar visualmente aquel movimiento musical de finales de los años setenta y principios de los ochenta de enorme repercusión crítica y comercial. La explosión se produjo desde dos polos: Inglaterra y Estados Unidos, y la onda expansiva subsiguiente alcanzó rincones variopintos, hasta el punto de llegar a atravesar el telón de acero. De la parte de EEUU, surgieron Blondie, Talking Heads, The B-52’s, The Cars... por citar unos pocos muy significativos. 


The Cars, en comparación con su país, donde llegaron a vender millones de discos, en España tuvieron menor reconocimiento que otras muchas bandas de la misma hornada. Encarnaban la parte más elegante y arty de la new wave. El sonido que desde el primer momento les hizo famosos ya estaba en su álbum de debut, el homónimo The Cars (Elektra, 1978): cierto toque mecánico asentado sobre la guitarra eléctrica de Elliot Easton, los sintetizadores de Greg Hawkes y las armonías vocales. Pocas veces un álbum se ha abierto con tres temas tan inspirados como «Good Times Roll», «My Best Friend’s Girl» y «Just What I Needed». La revista Rolling Stone lo tiene incluido en sus listas de los 100 mejores debuts y los 500 mejores elepés de la historia. Grupos afamados como The Smashing Pumpkins han versioneado algún tema de ese álbum. Otros, como Mylo o Attack Decay, los citan en sus composiciones como referencia capital.

También desde el primer instante se percibía el interés de The Cars por cuidar la imagen, sintética y conceptual, sobre todo en el cover art de sus álbumes. En su primer disco, la foto de la chica sonriente y feliz al volante de un coche transmitía la sensación de un tiempo dichoso, optimista y moderno. En los créditos se anotó que la foto la había captado Elliot Gilbert, pero no se daba el nombre de la modelo: Natalia Medvedeva


Andando el tiempo, Medvedeva se convertiría en poeta, periodista y cantante de piano-bar y después del grupo de rock Tribunal. Rusa de nacimiento, se había mudado a Los Angeles con 17 años, donde comenzó a ganarse la vida como modelo, incluso para las páginas de Playboy. Cuatro años después de la foto de la portada de The Cars, conoció a Eduard Limonov, polémico novelista y líder del ilegalizado Partido Nacional Bolchevique, con quien terminaría casándose. La figura de Limonov se ha rescatado últimamente a través de la biografía novelada de Emmanuel Carrère. La de Medvedeva, aún no. Murió en Moscú a los 44 años de un ataque al corazón. Con toda seguridad, de ella no perdurará su carrera musical, pero aquella brillante instantánea, aquella sonrisa suya que iluminó el álbum de The Cars es imperecedera. 

 
(Foto bajada de Internet.)

viernes, 27 de septiembre de 2013

Grafitis por el mundo #33: Bruselas (I)

En Avenue Loise, justo antes de llegar a la rotonda de Stephanie. Es magnífico, por tamaño, localización y contenido.

En una parada de tranvía, en Avenue Loise con Rue de Tenbosch.


En la intersección de Rue de la Banque con el bulevar que hay por encima del Museo del Cómic.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

...Y ellos se juntan #79 // El arte de la versión #83

Martina Topley Bird, otrora musa y chanteuse de Tricky, es un talento vocálico que por unos motivos o por otros nunca ha terminado de encontrar un sitio fijo y relevante en esto de la música. Ahora se ha juntado con ese lobo estepario de Mark Lanegan y al combo atmosférico Warpaint para reinterpretar el tema «Crystalised» de The XX


La versión, cierto es, ha quedado muy chula, e irá en un álbum de remezclas del trío londinense, a los que cada vez se les ve más recurriendo a este tipo de proyectos para seguir en boga.

martes, 24 de septiembre de 2013

Strano mondo di tanti nomi #25: Someone Still Loves You Boris Yeltsin


Cuando a Matt Groening, el creador de los Simpsons, se le ocurrió la idea de situar la acción en un pueblo llamado Springfield era porque sabía que la identificación con la vida cotidiana de cualquier típica familia de clase de media estadounidense sería muy fácil. De hecho, hay un puñado de ciudades de medio pelo y villorrios en EEUU llamados así. 

Por ejemplo, hay un Springfield justo a medio camino entre St. Louis y Oklahoma City, en el estado de Missouri, un poco antes de llegar a Tulsa. Allí reside el hogar de Phillip Dickey, Johathan James y Will Knauer, trío de jóvenes indies que artísticamente llevan el engorroso nombre de Someone Still Loves You Boris Yeltsin (SSLYBY para los amigos). 

SSLYBY llevaban tres años sin grabar material nuevo tras su entretenidísimo y animoso Let It Sway (Polyvinyl). Perdón por la expresión manida que se avecina pero es que, como suele decirse, la espera ha merecido la pena. Fly By Wire (Polyvinyl, 2013) vuelve a ser un álbum capaz de animar a los espíritus más lánguidos y alicaídos. Y si las primeras notas del piano que abren el álbum parecen presagiar un tono relajado y melancolicorro, en cuanto entra la batería le obliga a cambiar a un paso más feliz. A partir de ahí Fly By Wire transcurre sin desperdicio a base de entrañables y luminosas canciones de pop; desde «Harrison Ford» a «Nighteater Girlfriend» (primer single), pasando por «Young Presidents» y, sobre todo, esa fabulosa «Loretta», sencilla y más pegadiza que la gripe, y en la que, Roni, el hermano de Phillip, acompaña con un clarinete: 



Existe edición especial con el vinilo a color en festivos tonos fresa y nata. 



domingo, 22 de septiembre de 2013

Ette aquí #49: The Fabulettes

Miami no parece, a priori, la opción más indicada si se trata de nombrar una ciudad que acogiera alguno de aquellos girl groups de las décadas de los 50 y los 60. Pero la fórmula de chicas jóvenes interpretando armonías impecables, con un equipo de productores y compositores detrás sosteniendo y alimentando el proyecto fue tan exitosa que se extendió por todo el territorio. 


Annette Snell, Mattie Lovett, Addie Williams y Loretta Ludlow eran de Florida y allí se unieron para formar The Mar-Vells a comienzos de los sesenta junto a músicos de sesión también de la zona. Cuando en 1963 las contrató Monument Records, se las convenció para que cambiaran el nombre artístico por The Fabulettes, pues el primero tenía demasiadas resonancias a otros grupos y otras cantantes del mismo estilo. Hacia 1969, Anette dejó el grupo para iniciar carrera en solitario, y aunque sus ex compañeras buscaron durante un tiempo una sustituta (Patricia A. Miles-Bendross primero y Lolida Bondu Dobbs después), grabaron un par de singles más y fin de la historia. La historia de Anette también acabó pronto, sólo que más trágicamente, porque murió en un accidente aéreo al poco tiempo.

«Screamin’ & Shoutin’», enérgica y directa, y que contenía todas las características de un tema perteneciente a aquel sonido, fue su pieza más lograda: 


Discografía:

> Mister Policeman /  The Bigger They Arte (Monument, 1965)
> Try the Worrin' Way / Money (Sound Stage, 1966)
> Screamin’ & Shoutin’ / I'm In The Mood For Love
(Sound Stage, 1966)

Muy diferente, en una línea próxima al latin funk, existe un curioso tema dedicado a Muddy Waters, muy cotizado hoy día por su rareza, grabado probablemente en 1971 en el sello Access. ¿Fueron las mismas The Fabulettes

viernes, 20 de septiembre de 2013

Hubo un tiempo en que bastaba con una portada #14: hoy lo cuenta Juan de Ribera Berenguer


Pues lo último que me ha «bastado con la portada» es el recopilatorio de Lee Hazlewood The Lhi Years: Singles, Nudes & Backsisdes (1968-71), que actualmente es uno de los discos que preside mis estanterías. Lo editó Light In The Attic Records el año pasado a modo de introducción en el programa de reediciones que tienen previsto hacer del catálogo de Lhi, el sello fundado y dirigido por Hazlewood. Todo el mundo que me visita me pregunta por él, aunque al sector femenino no parece gustarle mucho la portada, que no tarda en calificarla de machista. No sirve de nada que les explique que creo que es una parodia del Electric Layland de Jimi Hendrix, pero no les logro convencer. También les digo que Lee Hazlewood tenía tendencia a poner bigotes a todo el mundo, empezando por él mismo y siguiendo por los niños, pero no hay manera, ellas parecen tener claro que Hazlewood es un machista de tomo y lomo.

Otros discos que tengo ahora expuestos en mi estantería son el maxi The Able Label Singles de The Go Betweens (¡está guapísima Lee Remick!), el Viens de Francoise Hardy (ella nunca falta) y los CD de The Essential de Sly & The Family Stone y Abracadadabra (un recopilatorio de él/Richmond Records con una magnífica portada futbolera). 





La sección de box sets que tengo también llama mucho la atención a las visitas, sobre todo la caja de One Kiss Can Lead To Another - Girl Group Sounds - Lost and Found. Imita las cajas en las que se guardaban los sombreros. Aquí el sector femenino cae rendido: tengo una amiga que se la compró al verla aunque tengo mis dudas de que escuche su contenido muy a menudo. 


En general las buenas portadas de los discos siempre han sido como la manzana de Adán y Eva, toda una tentación. Incluso aunque presientas que muchas veces el contenido no sea lo que el envoltorio promete. Si por mí fuera, tendría ahora todas las referencias que editaron muchos sellos discográficos únicamente por las portadas. Pero afortunadamente para mi bolsillo tengo algunos trucos para no caer en la tentación. Por ejemplo, el caso de Factory Records. Bastante material del que editaron no me gusta mucho, pero se editó un libro firmado por Mathew Robertson que recogía todas sus portadas... Así que me he ahorrado un buen pico con el libro. En cualquier caso adoro al estética de muchos sellos: Elenco, Verve, él, Les Disques du Crepuscule, Marina. Por no hablar de sellos de ahora especializados en reediciones que cuidan muchísimo las portadas y el artwork, como Numero Group o Soul Jazz. 

También tengo auténtica devoción por las portadas de las jazz vocal girls de los años 50: chicas como Betty Blake, Ethel Ennis, Meg Myles, Helen Merrill, Peggy Lee, Beverly Kenney, etc. Los discos son casi imposibles de encontrar, claro, y están fuera de precio. Los japoneses enloquecen con ellas y hacen reediciones en CD. Lo curioso es que en muchas ocasiones las chicas que salen en la portada no son ellas... Las discográficas buscaban el atractivo en imagen a toda costa y no dudaban en contratar modelos. Y aquí las contraportadas también son una delicia porque incluían textos de reputados críticos. Y muchos vivían de ello. Era todo un arte que lamentablemente se fue perdiendo, aunque hoy todavía hay grupos como Saint Etienne que siempre incluyen textos de sus críticos/escritores favoritos como en el Foxbase Alpha que escribió Jon Savage ("Stay busy, out of phase, in love"). 


También tengo que mencionar a un buen montón de ilustradores que hacen portadas de discos, como por ejemplo Frances Castle (Clay Pipe Records), María Castelló (los singles de Jabalina Love Songs), Wendy Smith (¡¡¡¡La Varieté!!!! y la saga de los Young Marble Giants), lo que ha hecho Jean Duprez para el In Space de los BMX Bandits, Javier Aramburu o el trabajo de Aggi para The Pastels, de la que tengo grabada en mi memoria el recuerdo de ella en uno de los primeros FIB en el backstage, donde todo el mundo estaba dedicado en cuerpo y al alma al hedonismo y ella estaba en un rincón en el suelo absorta dibujando con sus pinturas en un cuaderno. 

De todas maneras estoy pensando que todo esto de las portadas de discos suena ya a reliquia y que este tag en el blog de Gog es una batalla perdida, aunque siempre nos quedará el romanticismo. Vivimos en la época de las descargas y del desapego al material físico. Una vez leí a Bob Stanley (de Saint Etienne) decir que los mp3 eran aire y tiene toda la razón, pero lo curioso es que incluso cuando escucho una canción o un disco en descarga, necesito una referencia visual aunque sea mental. Igual es algo exclusivo mío y que estoy demasiado acostumbrado a las portadas, pero la portada es lo primero que busco en la web cuando me descargo algo. Ahora estoy escuchando el single de The Clouds "Tranquil" y es el disco que probablemente tiene la peor portada de la historia, pero me sirve... 


[Autor del texto: Juan de Ribera Berenguer, de http://lavarieteradio.tumblr.com/]

lunes, 16 de septiembre de 2013

A mí no hace falta que me cambies el plato #44: They Might Be Giants


Los benditos tarados de They Might Be Giants, desparramando desde 1986 y siguen en racha. Se diría que en los últimos años se han revitalizado. Probablemente sea difícil que a estas alturas capten nuevos adeptos, pero quienes les conozcan de tiempo ha saben que con Nanobots (Megaforce, 2013) han vuelto a hacerlo. Nada ha cambiado: 25 canciones, muchas de ellas breves fragmentos instrumentales, llenas de humor, ritmo contagioso y un mundo propio deslumbrante. Nunca se les tomará lo suficientemente en serio, y es una lástima. Nanobots contiene al menos una decena de temas inspiradísimos, repletos de un pop capaz de hacer que en una cocina todo baile solo: 


Es curioso que hayan acudido al motivo culinario para el vídeo de su último single, porque Gog siempre ha pensado —y él mismo así lo hace— que muchos de sus discos están hechos para cocinar mientras suenan.

jueves, 12 de septiembre de 2013

...Y ellos se juntan #78: Klaus Dinger + Japandorf

Todo álbum mítico suele ir acompañado de una a su vez mítica exterior con la que termina de adquirir una consideración de obra artística incontestable. Pensemos, por ejemplo, en Exile in Main Street, con esa huida de los Rolling Stones de su país cual forajidos y su refugio en Francia, el desparrame y las mil anécdotas que se sucedieron durante la grabación en la casona de Keith Richards donde convivían todos ellos, etc. 


Es muy pronto aún para juzgarlo, pero al menos sí podría aventurarse ya que el álbum Klaus Dinger + Japandorf (Grönland, 2013), grabado por el legendario krautrocker y un combo de músicos japoneses asentados en Düsseldorf, podría ser considerado un hito musical andando el tiempo. Para empezar, cuenta con un punto extra: nunca habrá otro álbum de ellos juntos, este será el único que exista, como una brillante anomalía. Y es que se trata de un disco póstumo, y la muerte es una gran aliada de la gloria. Se grabó unos meses antes de que muriera Dinger. Incluso este no vio todas las pistas del disco concluidas. La parte vocal de la preciosa y delicada «Spacemelo», por ejemplo, se añadió después de su fallecimiento. 

El origen de la historia que desembocó a la postre en la gestación del proyecto también tiene cierto sabor trascendental. En julio de 1998, Dinger, otrora percusionista durante breve tiempo de Kraftwerk, fundador de Neu!, La Düsseldorf (junto a su hermano Thomas) y La! Neu?, dio un concierto final con su última banda antes de deshacerla. A la finalización de aquel concierto, se le acercó el músico japonés Masaki Nakao, residente en Düsseldorf desde hacía tiempo. Un año más tarde, la amistad entre ambos había cuajado, habían colaborado juntos y Nakao le presentó entonces a otros músicos japoneses afincados en la ciudad. Décadas después, volvía a repetirse la historia, y el krautrock veía cómo la alianza entre músicos japoneses y alemanes cobraba vida de nuevo, como aquella legendaria del músico callejero Damo Suzuki y Can.


En cuanto a las canciones del álbum, publicadas por fin ahora pero grabadas en 2008 en creativas jam sessions, prácticamente todas tienen también una intrahistoria significativa. La brutalmente obsesiva «Cha Cha Cha 2008» es una versión del «Cha Cha Cha 2000» de La Düsseldorf; son doce minutos que se podrían escuchar doce veces seguidas al día durante doce meses. El primer single, «Immermannstraße», lleva el nombre de la calle donde Nakao le presentó a Dinger a Miki Yui y Kazuyuki Onouchi. «Udon», como la sopa japonesa de noodles, que se la preparaba Nakao a Dinger. Y el corte final, «Andreaskirche», es una grabación de las campanas de la iglesia de Düsseldorf de mismo nombre. 

En lo estrictamente musical, la batería funcionando como un metrónomo y la guitarra rítmica repitiendo estructuras sin cesar en continuo crescendo. O sea, el ritmo motorik a todo trapo, especialmente en esa apisonadora sónica que es «Sketch Nº 4». Sólo «Kittlebach Symphony», sobre un suave piano, y la mencionada «Spacemelo» ponen la calma entre esta gozosa tormenta de krautrock.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Boris Vian #20 // La banda sonora de un libro #14

A Boris Vian nunca le supuso un esfuerzo eso de dar con un buen nombre artístico. Lo que para muchos es un quebradero de cabeza, para él era una «relaxing cup of café con leche». Firmó sus artículos, libros, cartas, etc., con multitud de heterónimos. Hay quien se ha dedicado a contarlos, y en la suma aparecen 27 contrastados. 

Uno de los más famosos fue Vernon Sullivan, con el que Vian publicó su primera novela negra, Escupiré sobre vuestra tumba (1946). Leída hoy, parece mentira que el término pornográfico significara en aquel entonces lo mismo. El caso es que esta breve novela estuvo prohibida, aunque andando el tiempo se ha reeditado en numerosas ocasiones. Una de las más logradas es la de Christian Bourgois de 1973, que utilizó la acuarela de René Magritte Lola de Valence (1948) para ilustrar la portada. 

Como no podía ser de otra forma, dado el frenesí jazzístico que consumía a Vian, y pese al poco más del centenar de páginas que tiene la obra, hay unas cuantas referencias musicales, que por sí solas podían ponernos en la pista del verdadero autor en caso de no haber sabido quién era ese Sullivan: 

> Dinah Shore: «Shoo Fly Pie» 
> Cab Calloway 
> W.C. Handy 
> Duke Ellington: «I didn’t know About You» 
> «When the Saints Go Marchin’ On» 

Más el siguiente diálogo, a modo de digresión metamusical, que no tiene desperdicio: 

—No —dijo ella—. Nunca he oído a ningún cantante o guitarrista que cante como tú. He oído voces que me recuerdan la tuya, sí..., allí... en Haití. Los negros. 
—Me halagas —dije yo—, son los mejores músicos del mundo. 
—¡No digas tonterías! 
—Toda la música americana ha salido de ellos —afirmé. 
—No lo creo. Todas las grandes orquestas son de blancos. 
—Claro, los blancos están en mejor posición para explotar los descubrimientos de los negros. 
—No creo que tengas razón. Todos los grandes compositores son blancos. —Duke Ellington, por ejemplo. 
—No, Gershwin, Kern y todos esos. 
—Todos europeos emigrados —le aseguré—. Son los peores explotadores. No creo que en todo Gershwin se pueda encontrar un solo pasaje original, que no haya sido copiado, plagiado o reproducido. Te desafío a que encuentres uno solo en toda la Rhapsody in Blue...

domingo, 8 de septiembre de 2013

Grafitis por el mundo #32

Dos álbumes de 2013 de muy distinto pelaje y condición cuyas portadas se han ilustrado con motivos grafiteros: el del introspectivo y demorado cantautor Kurt Vile, desde Filadelfia, y el del cuarteto Rudimental y su drum&bass y otros jaleos modernos, desde Londres. 
 
Walkin’ On A Pretty Daze (Matador). El mural es obra del artista callejero Steve Powers, también de Filadelfia, con imágenes y palabras extraídas del álbum, excepto el “th’violators” que se lee abajo a la derecha, mano del propio Vile.

Home (Asylum). El mural está en su barrio de Hackney, al este de la ciudad.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Qué se sabe de los belgas #22: Soldout


Bélgica es tierra abonada de chocolates, cómics, nubes espesas como el hormigón y música electrónica. Desde la época de los pioneros e industriales Front 242 hasta hoy día, la música realizada con medios digitales —sea electrónica pura o electro pop— no ha dejado de practicarse con bastante soltura y cierto mérito por aquellos pagos. 

Soldout, es decir, Charlotte Maison (voz y sintes) y David Baboulis (sintes y programación), lo demostraron en 2004 con el pepinazo electro «I Don’t Want To Have Sex With You». Por aquello de que la psique humana es más rara que el peinado de la alcaldesa de Madrid, la rotunda negación del título de la canción, con un «at all!» añadido en el estribillo, no conseguía evitar una subida de la libido; muy al contrario, el ritmo frenético y hedonista más el tono desafiante de la voz contribuían a excitar el avispero. 


Soldout han seguido publicando discos con más o menos regularidad. Este año tocaba, así que aquí estamos frente a su More (2013). El álbum no tiene, claro, un tema tan notablemente llamativo. A cambio, todo el acolchado de sintes que despliegan esta vez resulta mucho más homogéneo, sólido; construyen a base de ritmos progresivos y oscuros, pero trazan a su alrededor dibujos que se convierten en diminutos destellos de hipnótico efecto.

martes, 3 de septiembre de 2013

Cameos musicales #51: Riot On Sunset Strip

Si hay un lugar mítico para la cultura popular moderna, Sunset Boulevard, en Los Angeles, y más concretamente su tramo de Sunset Strip, es uno de ellos. Sunset Strip nació como reducto de la vida canalla angelina, cruzarlo era cruzar la línea que te llevaba a la parte más salvaje, aquel arrabal de la ciudad que ya en los años 20, en plena Ley Seca, era el abrevadero posible para quienes quisieran mojar su gaznate con alcohol. Desde mediados de los años 60 fue el punto de encuentro de la contracultura. Después acabarían concentrándose allí hoteles, restaurantes, clubes y discotecas míticos, y no hubo artista que se preciara que no exhibiera su último álbum entre las famosas y evocadoras vallas publicitarias. 



En 1966, atendiendo a las quejas de los residentes, la policía decidió poner coto a tanto desmadre hippie con una especie de toque de queda, de tal manera que restringieron el tráfico a partir de las diez de la noche, lo cual enfureció a los jóvenes trasnochadores. El asunto desembocó en una revuelta popular de proporciones considerables. Estos sucesos se trasladaron inmediatamente a la pantalla con una película de serie B, titulada sin muchos ambages Riot on Sunset Strip (A. Dreiffus, 1967). Pese al bajo presupuesto con que se grabó, contaron con dos bandas para grabar algunas de las múltiples escenas en los locales nocturnos de la época. De hecho, viendo la película a veces parece que sea una cinta de grabaciones en directo de esos artistas, The Standells y The Chocolate Watchband, y que el guion no daba para más y había que rellenar el minutaje. A The Standells se debe, además, el tema principal de la banda sonora, y con ellos en pantalla se abren los créditos. Ambas bandas practicaban el sonido garajero y psicodélico, y sirvieron para ambientar adecuadamente la atmósfera de la época. 

The Standells: «Riot on Sunset Strip»

The Standells: «Get Away From Here» 

The Chocolate Watchband: «Sitting There Standing»

The Chocolate Watchband: «Don't Need Your Lovin»